Ana aterriza en París al mismo tiempo que el Ejército Nazi rodea la Bastilla con sus tanques. Pero Ana respeta a las nuevas autoridades aunque se niega a prescindir de sus fiestas con bailarines rusos por muy sospechosos que sean. Una noche de tormenta mientras baila, no duda en abrir la puerta y acoger a dos matrimonios estadounidenses. Son banqueros aterrorizados porque la ocupación les ha cogido por sorpresa, así que Ana les ayuda a escapar de la Francia ocupada. Veinte años más tarde, en otra fiesta pero esta vez en la Marbella de los 60, una señora se acerca a una De Pombo ya con sesenta años. Le pregunta por su particular collar, que había visto 20 años antes, una joya con cinco tortugas de oro, zafiros blancos, amatista de granates y topacios. A lo que Ana contesta:

—Extraño, señora— le responde ella —porque estas tortugas han estado siempre conmigo. —¡Usted es quien salvo nuestras vidas!— le grita emocionada la norteamericana.

Aún con todo, Ana no se casa con nadie. Los invasores alemanes convocan un concurso para las mejores firmas francesas de Alta Costura. Sólo admiten a siete, entre ellas la suya propia de aquel momento: Casa Paquin. Al poco se le presenta en la tienda nada menos que Hermann Göring. “Me atontó su presencia”, explica. Lo ve “alto, fuerte, de ojos verdes alga marina, enfundado en su trinchera beige y bien encintado”. Ana duda de si se está convirtiendo en colaboracionista pero es su trabajo. Da orden de que pasen los modelos. Hermann Göring es exigente. “Ese traje blanco tiene que ser negro. Ese traje lo quiero en la talla 100” pero Pombo se revuelve, lo de las tallas ya no lo admite. “Señores, creo que se han equivocado. Aquí hacemos sólo a la medida”. Göring se incorpora amenazante: ”¿De qué país es usted?”. Pombo no se achanta, “¡Española!”, le grita.

En 1943, De Pombo recibe una subvención por parte del Régimen Franquista de 12.000 pesetas para representar su obra por Europa. Por cuestiones bélicas la obra nunca llega a representarse fuera de España y Ana se queda el dinero. Ese mismo año entra a trabajar para Mlle. Bonnard, una coleccionista de plata antigua. Mlle. Bonnard tiene en su agenda un buen número de judíos dueños de inmensos capitales en arte y orfebrería en París, judíos que oliendo el gas, buscan escaparse a los Estados Unidos. Mlle. Bonnard, cuenta De Pombo, se ha ofrecido a poner a su nombre todo, inmuebles, oro, muebles, plata para defenderlo contra las pesquisas nazis. En su autobiografía, De Pombo culmina la anécdota quejándose de los judíos que lograron volver tras la guerra y “apenas si le dieron las gracias y la pobre Mlle. Bonnard se quedó como al principio”. En lo que a ella respecta y para limpiar su nombre de toda duda insolidaria, Ana de Pombo apunta: “Quiero añadir que el dinero que ganaba se lo enviaba, por mi medio, a Franco”. Dos décadas más tarde y ya en Marbella, sentada junto a un ya anciano Cocteau, archiconocido colaborador del servicio de inteligencia nazi, le quitará hierro al asunto recordándole una máxima que también Coco Chanel —es decir, la agente secreta nazi “Westminster”— se aplicaba: “Uno no debe permitir bajo ningún concepto que las frivolidades de la guerra lo distraigan de los asuntos serios”: el Arte es lo primero.

juan mata

Author juan mata

More posts by juan mata