Es 1929 y Ana se instala en París. Manda a sus hijos a internados distintos para poder recurrir diariamente a un hipnotizador con el que calmar sus neurosis. Aún así, según escribe, un Cayo enloquecido la lleva al pánico y corre aterrorizada hasta un convento. No es un convento cualquiera sino en el que viven Don Carlos de Borbón y Doña Luisa de Orleans, colegas de las fiestas reales. Para dejar constancia de su pureza de intención, Ana narra en su autobiografía que, encerrada en una celda, el Marqués de Fleury, Don Carlos, Doña Luisa y la propia Madre Superiora la persuaden de la misma idea: “Ana, debes separarte”. La separación tendría un coste. El Marquesado de Pombo retira toda pensión a Ana y sus hijos.
Por suerte, la hermana de Ana, casada en París con el director de la Citroën, se suma a la Condesa de Ginese y la Vizcondesa de Dampierre para financiar a su hermana una casa de costura en la parisina Place de la Madeleine. En definitva la vida de Ana es una huida hacia adelante escapando de su matrimonio concertado con el Marqués de Pombo, enfermo y envejecido.