
Investigadores de Alta Costura, como Lola Gavarrón reivindican actualmente la relevancia de Ana de Pombo en la moda del siglo XX, pero la respuesta a su vínculo con Cocteau y el proyecto Marbella es más amplia que sus trajes. Recientes investigaciones realizadas por Miquel Martínez i Albero, constatan que Ana de Pombo mezcló el brillo de la moda y la sociedad internacional con la sombra del colaboracionismo y el contraespionaje nazi, las denuncias falsas y las indentidades inventadas. Su trayectoria la convierte en un personaje cuyo recorrido lleno de aristas no puede dejar indiferente a nadie. Cuenta de Pombo en su autobiografía, Mi última condena, que de niña en Solares, su pueblo natal, trabó amistad con “un niño contrahecho, feo a la vista, pero agradable al espíritu y al corazón y que era poeta. Todas las mañanas, porque estaba enamorado de mí, venía al río, a la roca en que, como la sirena del puerto de Copenhague, yo me sentaba, y él me decía sus versos y me contaba sus sueños”. ¿Sería Cocteau aquel niño? ¿Marbella un reflejo del Miera de Cantabria? De Ana de Pombo diría Jean Cocteau que creía en las castañuelas como Andrés Segovia en su guitarra. Desde que tenía siete años guardaba en su pecho “para que no cogieran frío”, las pequeñas castañuelas que le regalara su profesora de baile en Málaga, así como la música que desde los 8 años le enseñaría en Barcelona un muerto de hambre llamado Francisco Granados. La unión entre ambas, danza y música, le llegaría también de niña por un sacerdote folclorista, el Padre Otaño, de quien aprende “una danza de tambores, con sus pasos musicales medio rotos, difíciles”; una danza popular que con el III Reich hirviendo, termina presentando ante Cocteau en la Opera de París. Pero hasta aquel debut aún hay camino. 4 A los 17 años la casan con Cayo Pombo Ibarra, de 37, y deja de ser Ana Caller para acoplarse en el Marquesado de Pombo. Aquel marido con meningitis y depresión crónica los empuja a Madrid, a vivir entre los Pombo, rodeada de cuñados que la asediaban en los entreactos para ofrecerle lo que ya sabían su marido no podía darle. En aquella etapa Ana sólo se atreve a ser sincera con sus muñecas. En su autobiografía escribe que les aconsejaba que no salieran al mundo, que se quedaran en casa. De alguna manera, se aplica el consejo porque al cabo de año y medio regresan a Santander a vivir en clausura. Allí logran que nazcan sus dos hijos, Cayo y Álvaro. Sin embargo, aquel marido de furia crónica los mantiene encerrados en la finca hasta que en el segundo verano se abre el portalón al único al que no se le podía cerrar, al Rey Alfonso XIII de Borbón: —Sé por tu cuñado, que tu marido no te deja salir, que estás secuestrada y vengo para que comiences a vivir un poco— escribe que le dijo. Para ello la nombra Dama de la Reina, pasaporte para las fiestas báquicas en Santander y seguro de vida para el tormentoso siglo XX.





